Bajarse del caballo

Quieren una prosa enamorada de la ciudad que ahora dejo atrás, una prosa montevideana, de paso lento, de espera, servil al lugar común que nos nombra mansos, imperturbables, modestísimos hasta en nuestras virtudes. Quieren un hombre humilde, agradecido, defensor de los pequeños gestos, con muecas de desprecio hacia lo espectacular, lo rimbombante, lo que se enorgullece de sí mismo.

Me voy de esa ciudad con una valija con ropa y unos pocos libros. Me voy de esa ciudad hastiado, aburrido hasta las córneas (ya no hay nada para ver), chupado en sangre y juventud. La ciudad mansa, la que mira al río, la que pertenece a un país que termina en “guay”, ¿Paraguay o Uruguay?, ay, ay, que nadie lo conoce ni lo nombra, un país mal concebido y parido, mal criado, un error histórico (tendría que haber sido Argentina o Brasil), fundado por un héroe que murió en el exilio (en Paraguay, ay, ay). Un país que se jacta de sus diminutivos: “paisito” dicen los que están afuera y lo añoran. Paisito, qué bobada. Yo no quiero ser parte de un paisito, quiero un orgullo de nombrarse en el mundo, una existencia lejos de los diminutivos. No quiero pertenecer a nada pero en caso de que suceda, que sea a algo grande. Chau Uruguay, ay, ay.

Adiós paisito y su jactancia mediocre, su orgullo de no ser. Escrito esto, granjeado el odio. País de suicidas, depresivos, borrachos, idealistas insoportables (necesito una transfusión de sangre, un nuevo cerebro). País en que los jóvenes sueñan por años con la muerte como salida, el tiro en la cabeza, las vías del tren, las pastillas y el whisky barato, la depresión como destino. Los jóvenes atrapados en el discurso de los viejos, de los que saben, de los que las vivieron todas, de los maestros, los gauchos del ágora oriental, los que hicieron la puta revolución y la perdieron y volvieron por sus fueros y allí están, diciéndonos a todos qué pensar, cómo vivir, qué sistema sí y cual no, qué miedos, qué designios. País donde lo más valorado es haberla vivido y cumplir ochenta años, estar tranquilo y poseer materialmente los diminutivos: la casita, el trabajito. Perfil bajo, hondo dolor. Dolor tras la máscara de sosiego; cabeza gacha, medias tintas, no hagan olas, yo no fui. No seamos nada o seámoslo en actitud cívica, moderada, bajo el amparo de la ley. Y pongámosle una ley a todo, reglamentemos hasta el ejercicio de la pobreza: el cartonero tiene su chapa municipal, el cuida coches también. Hagámonos los cívicos, los democráticos, los exquisitos legalistas. Compremos ordenanzas, leyes, reglamentaciones. Seamos en sociedad, existamos por decreto. Reconozcamos la hipocresía, démosle entidad con sellos. Estemos a la vanguardia y casémonos hombres con hombres y pensemos ipso facto (para decirlo legalmente) en la jurisprudencia de nuestras almas.

¿Te animás a decirle a alguien que sos un infeliz, maldito militante, que estás lleno de heridas, de cicatrices, que estás atravesado de pies a cabeza por la ofensa? No, no te animás, porque ahora tenés que decir otra cosa: igualdad, libertad. Ahora te agarró el carro de la historia, la moda leguleya. Leyes, parlamentos, actitud cívica. Hasta la coronilla estamos todos de tantas miles de leyes al año, leyes que nos protegen, que tranquilizan la conciencia. Tenemos ley. Tenemos ley y hastío, aburrimiento profundo, melancolía incurable. Pronto estamos viejos, invadidos por el sentimiento más verdadero del Uruguay: perdimos. Perdimos y estamos perdidos. Caminamos una noche de miércoles y nos encontramos sin un bar abierto, uno de los tres bares a los que vamos. Tres bares, 500 o mil personas. Ahí estamos todos, nos reconocemos todos. Nos miramos las caras, sabemos de nuestros pasados, de nuestros secretos (que no los hay), vamos registrando las arrugas y los pelos encanecidos de los otros. Envejecemos en la misma esquina, en el mismo bar. Envejecemos con el gesto altivo de los cínicos, la máscara demacrada de los perdedores, envejecemos resignados, sabedores de nuestro destino desde antes de envejecer. Nos agarramos a los mismos lugares, el mismo sitio, la misma cadencia de decir. Traicionamos una verdad impresa en nuestros corazones si festejamos, si reímos, si llegamos a enunciar que queremos otro destino. Somos diablos y somos pobres (pobres diablos), estamos enojados, perturbados, furiosos, ofendidos. Tras el amor confeso hacia la tierra, se esconde un profundo resentimiento. Reír bajito y no llorar en público, apretar los dientes y seguir, asumir ese destino de tristeza ontológica, la mueca eterna. Criticarnos a nosotros mismos pero no soportar que otro, el extranjero, el que no pertenece y no comprende esto tan profundo, venga a meterse en nuestras cosas: la futil alegría brasilera, la petulancia porteña, la actitud conquistadora del europeo, la frivolidad yanqui, el entrevero sincrético de los centroamericanos, todos los otros que no entienden, que no tienen nada para enseñarnos. Tras la máscara de la humildad, un adolescente engreído.

Por qué escribo con esta vehemencia, esta furia, este profundo desprecio. Por qué no ejerzo mi capacidad comprensiva y valoro, cotejo, reconozco, paso raya. Por qué no creo imágenes bellas y me acerco a los matices. Porque no quiero, porque la escritura es un campo de guerra, porque quiero levantar  mi máquina (de escribir) de destrucción masiva. Quiero licuar la rabia, decirlo todo, expulsar la bilis, escupir la cara de esa abstracción llamada paisito. Yo no quiero festejar más la parsimonia y la tranquilidad for export cuando ese país sigue enfermando, volviéndonos locos, deteniéndonos en la ficción de lo que fuimos y lo que podríamos llegar a ser. Fuimos, seremos, nunca somos. No quiero sostener una impostura mientras yo y mis amigos nos morimos de tristeza. Mientras yo me muero de tristeza. Eso es, por eso me voy, parto, escupo, para saber si la melancolía es sólo mía o tiene que ver con el paisito sea el segundo territorio del mundo con el más alto índice de suicidio. Por qué nunca nos hacemos la pregunta fundamental, por qué le sacamos el cuerpo a lo más evidente, por qué la gente se mata de la forma en que se mata en ese país. Pero los cívicos nos matamos en silencio y morimos de tristeza en silencio, que nadie se entere, que Montevideo y su rambla, la gente apaciguada, Rocha y las playas oceánicas.

Son algunos artistas, con sus obras y sus vidas, los que mejor (y más tristemente) lo han dicho. Fue Zitarrosa y en “Mi país que tristeza”, Darnauchans y “Los deconsolados”, Onetti y su eterno pozo, Idea Vilariño y su perpetuo soñar con la muerte, Cabrera y su mejor disco, “Fines”, Juan Pablo Rebella y 25 Watts y Whisky y su muerte que golpeó a mi generación con un tiro en la cabeza. Juan Pablo y su cine desasosegado, tristísimo, sin futuro, ese cine que nos da pistas para hablar un poco más pero que, tan cobardes somos, nos detuvo en el chiste de un personaje o lo patético del otro. Quizás sea que el desasosiego o la muerte no se hablen, sólo se experimentan. Quizás sea que no podemos decir lo más cercano, lo más terrible. Pero yo quiero decirlo: en Uruguay los jóvenes se matan o se mueren de tristeza. Uruguay es un país suicida o asesino. Y creo que mucho tiene que ver el peso de su historia: nunca habrá intelectuales como aquellos, pensadores como aquellos, revolucionarios o soñadores como aquellos. El peso de la historia: las generaciones más iluminadas y cultas y poderosas, esas generaciones (paisito de longevos) que siguen vivas y aplicando su moral, su destino, su fuerza furibunda.

En Uruguay se matan los jóvenes pero nadie muere o se retira. Los prohombres de la historia la construyen desde hace 40 años y nunca quisieron bajarse de su podio. Allí viene Mujica a recordarnos que finalmente él y los suyos son los que comprendían al Uruguay: al final la vida da sus recompensas, hace justezas poéticas. Nadie como él y los suyos y todos los que fundaron la izquierda, puede saber de qué se trata finalmente esto. Nadie está a la altura simbólica de la historia. Y los que vienen detrás, los que quieren venir detrás, hacen lo suyo, el juego del reconocimiento a los sabios o las momias. Sí, mi general. Es otra verdad que nos negamos a ver. En Uruguay manda lo viejo: los viejos líderes, los viejos sueños, los relatos viejos. En Uruguay los que mandan cojean, tienen reuma, saben, siempre, más que un pibe de apenas 50 años. Y tiene su lógica: el porcentaje más grande de la población es vieja y un 20 por ciento de los nacidos en su tierra, vive fuera: en Argentina, en Europa, en Estados Unidos. Por qué los que viven afuera no se dejan de joder de una vez por todas con el paisito y dicen la verdad: que ahí no pueden criar a sus hijos o que se les va la vida criándolos, que ahí no eran felices, que ahí se morían de tristeza, que ahí sólo van de vacaciones y con moneda extranjera en los bolsillos. Por qué nos jodemos tanto y no nos permitimos el exabrupto, el grito, declarar el tedio. Nombrar la muerte y nombrar el lujo. ¿El lujo? Maldita vida pobre disfrazada de ética franciscana. Yo probé el placer de un buen abrigo y unos zapatos italianos, el agua caliente para lavar los platos, la calefacción en invierno, el aceite de oliva y (hasta) el champagne. El pecado y la culpa. El presidente y su rancho y su pobre perra con tres patas (como los travestis, dijo alguna vez). La austeridad que nos dice que no morimos de hambre como en África ni somos unos frívolos consumistas como en el primer mundo.

En el justo medio, nosotros: orgullosos de no pecar de excesos, de la campera gris y gastada, de los zapatos lustrosos a fuerza de trapo, del libro que no pudimos comprar, de la ropa que no pudimos comprar, del pasaje que no pudimos comprar, de la vida que no pudimos comprar. Nosotros los orientales, un paso más allá de la ética, vivos y coleando (y tomando mate sentados en una silla playera) mirando cómo el capitalismo se traga a la humanidad entera. Nosotros, tan incontaminados e incorruptibles, tan prístinos y pletóricos de discursos que levantan el dedo, dictaminan, juzgan. Nosotros que no sabemos realmente lo que son los ricos ni lo que son los pobres, nosotros, la isla intocada e intocable de este estúpido mundo. Nosotros, otra vez vendiendo una imagen al mundo y convenciéndonos de esa imagen. Todo va bien, todo mejora. Bajó este índice, subió este otro.  Pleno no sé qué, mínimo no sé cuánto mientras que desde hace años de los contenedores de basura salen familias enteras. Meten la cabeza y no les alcanza, meten las manos y no llegan al fondo, finalmente meten todo su cuerpo adentro (niños, jóvenes, ancianos) para indagar con sus manos, su piel ciega, su lengua hambrienta las paredes internas de los desechos de los demás.

En cada calle de cada barrio -dos veces por día si le tememos a la exageración- vemos con nuestros ojos estupefactos o anestesiados esa imagen repetida (protagonizada por distinta gente). Pero todo eso es culpa de un eje horrible, de un mal mayor que nos excede, de algo que está por fuera del alcance de nuestro plan. Es parte del capitalismo feroz y vergonzante, de la derecha, de tanta mierda que le han echado a esta hermosa y digna patria. Nosotros estamos bien y vamos por buen camino, podemos dormir tranquilos aunque en cada esquina se agazape un muchacho o dos o tres que caminan como monos y hablan como sicarios y están decididos a levantar una mano o una piedra o un cuchillo o un revólver. Y esos muchachos como monos que están en cada esquina y en cada mente de cada habitante de esa ciudad recostada al Río, ya no pueden ser nombrados porque o le hacemos el juego a la derecha y al eje del mal o no entendemos el fino entramado de la historia o estamos traicionado el proyecto.

Pero, estamos bien, vamos por buen camino, esta cifra sube y la otra baja, la gente está feliz con lo que tiene, vamos aprendiendo a vivir austeramente, todo el mal es de la histórica derecha y ya vendrán tiempos mejores.

Ilustración: Pablo Scagliola.